Cuento
Llamas azules
 |
|
(Publicado en Diario Ideal, 24 de diciembre de 2004)
Por Luis Miguel Sánchez Tostado
La mirada me quedó atrapada en un punto infinito de la chimenea. Desmenuzando los recuerdos que fluyen junto al crepitar del fuego. Llamas azules, verdes, rojas y amarillas. Recuerdo mi grito lacónico en el refugio antiaéreo: “¡Madre, tengo miedo!”. Me apretó a su pecho y tapó mis diminutas orejas protegiéndome de la sirena interminable y las deflagraciones de los obuses. De aquel trajín histérico. De las carreras, del barro, de la oscuridad, del hambre, de la muerte propia. Ella trataba de encontrar en mis ojos su exhalado aliento y en mi mundo una brizna de esperanza en aquella navidad del 36.
-”No llores mi niño, ya pasó”.
De su mandil apareció una ramita de paloduz. Fue cuando se detuvo el tiempo, cuando esbozó una leve sonrisa: “mi niño de ojos grandes”. Sabía hacer magia en el momento preciso. Después jugábamos a mirar el fuego atrapado en el latón. Las llamas azules son del mar que dicen, las verdes de los bosques de pinsapos, del sol de la campiña son las rojas, amarillas de los campos de trigal. Y en cada una habíamos de encontrarnos. Así pasábamos las horas juntos, sin que mi ingenuidad reparase que se trataba de un recurso para olvidar el hambre.
- Abuelo, que te quedas eclipsado mirando el fuego. La mesa está puesta –interrumpió una voz.
Me cuesta separarme de este fuego. Sobre todo de las llamas azules, las del mar que nunca vimos. Cuántas navidades extrañando el mismo fuego, el calor de sus manos, los latidos de su pecho. La traza cálida de su rostro ojeroso y disminuido por una palidez extrema sólo compensada por el brillo de unos ojos que se extinguieron antes de ver cambiar el mundo.
- Abuelo le he puesto lo que a usted le gusta –continuó la voz- roty de pavo relleno y carne mechada con pasas al ron. Y no se acerque tanto al fuego, que se va a atufar.
El vaho de la ventana y de nuestras conciencias nos impide contemplar los paseos impenitentes de inmigrantes de tez tan oscura como la noche de los tiempos. Braceros de brazos caídos que intentan hallar su fuego propio con el que caldear la desesperanza. Almas que se quiebran al comprobar que el Dorado de sus sueños dista mucho del ansiado destino, gélido y displicente, paseo menesteroso, pobreza solemne, fastuosa incertidumbre. Un destino de llamas azules, como el mar que atravesaron, amarillas como el desierto sahariano, o rojas como el sol que abrasa sus campos.
- Llaman a la puerta, abra usted abuelo, terminamos de recoger y ponemos el turrón.
- ¿Cómo te llamas, muchacho?
- Ahmed
- ¿Qué más?
- Ahmed Ketir.
- ¿Cuantos años tienes?
- Doce.
De nuevo ante el fuego trato de encontrar en las llamas azules el punto infinito donde mi universo quedó anclado, e intento hallar en las verdes las respuestas a un mundo sin sentido. Diez euros. Cicatero auxilio para una humanidad que se distancia de la razón.
Ahora noto el gélido cañón sobre mi nuca, creo que ha llegado mi hora. Oigo el chasquido metálico de la recámara al montar el arma, como tantas veces escuché en aquel refugio antiaéreo.
- ¡Arriba las manos!... Abuelo, ¿te gusta mi rifle con mira telescópica? Lanza bolitas muy lejos. Me lo ha traído Papa Nöel.
Esta noche la madera de olivo viene empapada y arranca llamaradas violetas. Trato de encontrar en ellas el universo de mi madre y de su ilusión por cambiar el mundo. Su mundo. Pero me temo que me iré sin que mis ojos grandes lo hayan visto. Por que el refugio y su miseria, la humana y la divina, como el aval solidario de las gentes, han quedado sumergidos en la sentina del olvido.
Pero ahora he visto otra llama azul.
|