La denuncia:
Callejero franquista de la ciudad de Jaén
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A casi setenta años del final de la guerra civil, las ciudad de Jaén aún conserva medio centenar de calles en honor de personajes y hechos relacionados con la dictadura franquista.
Luis Miguel Sánchez Tostado
En la catedral de Jaén, entre el coro y el presbiterio, estratégicamente situadas alrededor de la feligresía que asiste a misa, todavía se relacionan públicamente, en cuatro grandes losas, los 125 sacerdotes inmolados en la provincia de Jaén bajo el siguiente epitafio: “Reverendos sacerdotes diocesanos asesinados en la revolución marxista julio de 1936 a marzo de 1939”
La dignidad póstuma de los caídos del bando vencedor también quedó reflejada en el callejero jiennense. En Jaén capital, pese al paso del tiempo y su desarrollo urbanístico, nada menos que cincuenta y una calles todavía están dedicadas a recordar a personajes y hechos relacionados con la dictadura (golpistas, militares, falangistas, onomásticas, símbolos, o jefes provinciales del Movimiento). En 2005, decenas de calles jiennenses, incluso barrios enteros, aún homenajean, entre otros, a 10 militares franquistas, 9 miembros de la División Azul, 5 Jefes de Falange, 4 Jefes Provinciales del Movimiento, 5 alcaldes y concejales franquistas, 4 mártires del Movimiento, 9 símbolos franquistas de gesta heroica y 5 obispos de la dictadura. Veamos algunas.
La calle División Azul (cuya cartela todavía conserva su enseña original con esvástica nazi incluida), calle Dieciocho de Julio (día del Levantamiento), calle de la Cruzada (para la Iglesia Católica la sublevación militar de Franco contra la democracia sería una “Cruzada”), o las del Cuartel de Simancas, General Moscardó, Primero de Abril (día de la “Victoria”), La Batalla de Brunete, Batalla del Ebro, José Solís... etc. O las calles del General Chamorro (Manuel Chamorro Martínez fue un destacado militar de Martos), del General Rodrigo o la del teniente Ruano (Patricio Ruano García, teniente de la División Azul muerto en Rusia). En estas últimas calles aún lucen, para sorpresa de los viandantes, las insignias falangistas en azulejos cerámicos (en la del General Rodrigo también la laureada de San Fernando). Estas calles se encuentran doblemente nominadas con el viejo cartel y con el nuevo que respeta y reitera el antiguo.
Podemos encontrar, igualmente, buena parte del escalafón castrense entre los póstumos homenajeados, los cuales, en pleno siglo XXI, siguen aportando lustre y esplendor a la historia más “gloriosa” de España. Como la calle del Teniente General García Rebull (que dirigió la División Acorazada Brunete y, en 1970, fue el miembro más “ultra” del tribunal militar del Proceso de Burgos). La céntrica calle Muñoz Grandes (General franquista, primer Jefe de la División Azul condecorado por Hitler, jefe de la Casa Militar del Caudillo y Vicepresidente del Gobierno de Franco). Calle del Comandante Román (Miguel Román Garrido fue oficial de la División Azul condecorado por Hitler), del Capitán Haya (piloto de Franco que suministró armamento y víveres a los guardias civiles sublevados del Santuario de Andújar) y, por supuesto, junto a ésta última, la calle Del Santuario. En el mismo barrio se le dedica otra calle al Capitán Cortés (capitán de la Guardia Civil de Jaén que dirigió a los sublevados en el Santuario de la Virgen de la Cabeza). También está la del Capitán Palacios (oficial franquista de la División Azul), la del Teniente Anguita Roldán, la del Alférez Rojas Navarrete (oficial de las Milicias Universitarias que cayó en 1957 en la guerra del Ifni), la del Alférez Segura o las calles Alféreces provisionales y la de los Sargentos provisionales.
Otro tanto ocurre con los nombres de alcaldes y gobernadores franquistas y jefes provinciales del Movimiento o víctimas de la retaguardia republicana y que todavía conserva el callejero jiennense tales como calle de los Hermanos Espejo Tortosa (asesinados en el Llano de las Infantas el 26 de diciembre de 1936), o Melchor Cobo Medina (alcalde de Jaén durante el “bienio negro” y fusilado en Mancha Real el 2 de abril de 1937). Citar también el parque de Felipe Arche, las plazas Troyano Salaberry o Coca de la Piñera (todos ellos jefes provinciales del Movimiento en Jaén), la del alcalde Pancorbo Ortuño (máxima autoridad militar en Jaén durante la etapa más dura de la represión franquista y que presidió el fusilamiento público del alcalde socialista de Martos en una vergonzoso acto de escarnio). La calle alcalde García Segovia o Juan Pedro Gutiérrez Higueras (primer alcalde de la dictadura en Jaén). Tampoco faltan en este callejero calles que nos recuerdan a destacados falangistas que participaron en el golpe de Estado y en la dictadura posterior, por ejemplo la calle Francisco Rodríguez Acosta (jefe provincial de la Falange Española y de las JONS en Jaén), la de Carmelo Torres (falangista jiennense nombrado por Rodríguez Acosta como jefe local) así como calles dedicadas falangistas fundadores como Onésimo Redondo y José Antonio Girón (éste último, además, Ministro con Franco). También se encuentra la alameda de Calvo Sotelo, paladín de la derecha española cuyo atentado en Madrid el 13 de junio de 1936 aceleró el golpe de Estado y el inicio de la guerra civil pocos días después.
El mismo campo de fútbol “Estadio de La Victoria” hace referencia a la victoria de los insurgentes, no a las victorias de Real Jaén. El actual estadio del Martos Club de Futbol conserva el nombre del General Chamorro Martínez del que ya hemos comentado alguna de sus intervenciones.
En Jaén en la actualidad, nada menos que ciento sesenta y cinco calles principales presiden nombres de obispos, arzobispos, nuncios, sacerdotes, beatos, santos y vírgenes. Por el contrario, sólo cuatro tímidas calles nos recuerdan personajes con tendencias ideológicas “diferentes”: la de Miguel Hernández, callejuela casi inaccesible en una barriada marginal en la ladera del castillo de Santa Catalina, y la de tres populares médicos: Federico del Castillo (médico jiennense de ascendencia comunista que fue encarcelado durante la posguerra y que fue conocido por su bondad y solidaridad), la de Carlos Carbonell, médico socialista. También se encuentra la del alcalde Morales Robles. No hay más. Todo ello no es más que una muestra de la excesiva longevidad de un régimen dictatorial, de la influencia de su represión castrense y ¿por qué no? de la excesiva de los partidos que gobernaron durante la democracia para restaurar la memoria histórica hurtada en 1936.
Todavía hoy, los dos puntos turísticos por excelencia de la capital jiennense, el castillo de Santa Catalina y la Catedral, reciben a los turistas con cartelas y simbología franquista. Efectivamente, por sorprendente que parezca, los visitantes del Parador Nacional y del castillo de Jaén son recibidos, con un hermoso escudo preconstitucional fijado sobre el lienzo frontal de la torre albarrana del primer rastrillo. Claro que, a estas alturas, los turistas más jóvenes, al contemplar dicha enseña con su águila imperial, el yugo y las flechas, pondrían pensar que son las armas de algún valiente hidalgo descendiente de los reyes católicos.
En su día, hubo quien pensó que sería suficiente con el trámite de retirar la estatua del Caudillo de la Avenida del Generalísimo y cambiar el nombre a la Plaza de José Antonio Primo de Rivera, obviando el resto de la herencia franquista, que como vemos no es escasa.
En cambio, el final de las víctimas de la dictadura fue muy distinto. El destino de los perdedores fue masivo e indigno, cubierto por un olvido premeditado para hurtar a la historia de su memoria. No sólo se les arrebató la vida mediante la ejecución sentenciada en procesos sumarísimos en la intimidad de los muros carcelarios o los cementerios, también perdieron sus escasos bienes con la aplicación de la Ley de Responsabilidades Políticas. Y aún no fue suficiente. También se quiso borrar su recuerdo sobre la faz de la tierra, como si nunca hubiesen existido. Sacas en camiones, manos atadas, fusilamientos masivos, fosas comunes y cal viva. Zanjas terreras que albergan restos de ancianos, jóvenes, mujeres y hombres de toda condición entre los que abundan miembros de un campesinado indigente a los que se les privó del derecho de ser recordados y nominados. Un final indigno, ignominioso, con el agravante de una intención premeditada de hurtar a la historia la existencia de la media España sometida.
Coincido plenamente con Antonio Muñoz Molina, ilustre paisano, cuando sostiene que “el olvido es la última injuria que reciben las víctimas”.
Alemania e Italia han sabido afrontar su pasado asumiendo las culpas en torno a los perjuicios de todo tipo que causó el nazismo y el fascismo; en cambio en España, desde 1975 hasta la fecha, las instituciones públicas y las organizaciones de izquierda sólo han promovido el silencio y la amnesia colectiva priorizando, como única, su preocupación por demandar al Estado el patrimonio histórico inmobiliario cifrado en decenas de millones de euros y arrojando a la sentina del olvido la memoria de sus militantes caídos en la lucha contra la tiranía derivada del golpe de Estado de 1936. Una deuda histórica que, por vergüenza, no merece el exiguo tributo de una corona de flores sobre una losa improvisada el día de los difuntos.
Durante los últimos años muchos han sido los municipios que acordaron la eliminación de los emblemas, símbolos, nombres de calles y placas conmemorativas que hicieran referencia al levantamiento golpista del General Franco del 18 de julio de 1936 contra la legalidad democráticamente establecida por la II República española. Estas disposiciones no sólo proceden de los plenos municipales. En Navarra, por ejemplo, se publicó la Ley Foral 24/2003 que otorgaba un plazo de un año a todos los ayuntamientos para que “procedan a la retirada y sustitución de la simbología propia del régimen franquista”
La cuestión es, ¿debe la ciudad de Jaén conservar en sus calles la historia de sólo uno de los bandos que combatieron en la guerra civil? ¿Es la historia de los vencedores la única que merece ser homenajeada?
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